viernes, 25 de septiembre de 2009

Una página más


Por José Fabela Aldaco
Foto: José Fabela Aldaco

Véngase, véngase, termo conalep, gritaba el mosca desde la puerta trasera del autobús, mientras una montón de estudiantes, trabajadores y mujeres cargadas de bolsas intentaban treparlo yo forcejeaba por bajar de el entre apretujones. Debía bajar en el centro. Había cobrado mi salario y ese sábado no quise ir a pistear a La Cascada con los compas del jale porque ya tenía destinado ese varo a otros menesteres: el regalo de cumpleaños de mijo y el abono de la lavadora de mi morra.
Busqué el regalo, lo juro que lo busqué. Pensé en una bicicleta. La encontré en un bazar entre trapos y muebles viejos, ái taba la yonka, una hermosa balona con polveras cromadas. Mientras la observaba pensaba en el dinero, metí la mano en la bolsa derecha del pantalón, frotaba algunos billetes entre los dedos cuando un boiler viejo me hizo recordar que también debía comprar el gas porque en la mañana me había tenido que bañar con el agua fría. Descarte la bicicleta. Seguí buscando, pensando en un regalo más barato, entré al mercado y nada me convenció, luego en la calle me entretuve en un puesto de cidís piratas y estuve a punto de comprar tres discos por cuarenta pesos, pero recordé que también debía pagar la leche que me habían fiado el día anterior en la tienda de mi barrio y renuncié a la compra de los discos. Vi el reloj, faltaban diez minutos para las ocho, la tienda en la que debía abonar no se encontraba lejos y si me hubiera dado prisa pude haber llegado, me entretuve contemplando unos zapatos los cuales el precio me hizo recordar la feria que le debía a mi carnal, corrí pero fue en vano, cuando llegué la tienda ya se encontraba cerrada.
Decidí tomarme una cerveza en alguna cantina del centro, nomás una, o dos, total el regalo lo compraba al día siguiente y el abono igual.
A esa hora el estomago ya me pedía algo, y antes de entrar en algún bar estuve por comprar un elote o un lonche, no sé, algo con que aplacar el hambre, pero no, para que malgastar, mejor me tomo unas dos o tres cervezas y después ceno en mí casa, pensé.
Me metí al Tropicana y los Cadetes de Linares se escuchaban en la rocola: “Tengo un libro vacio y lo voy a empezar, tengo sed de caricias, tengo ganas de amar”. Me senté en una de las sillas de la barra y pedí una Victoria, me la eché de un trago. Pedí otra y encendí un cigarro. El espejo enmarcado por una luz de neón roja que se encontraba frente a mi al otro lado de la barra me devolvía mi retrato envuelto por una luz cabaretera y al mismo tiempo me servía de retrovisor para verle las nalgas a una morrita que iba al baño, que buena está, pensé mientras la admiraba, tenía unas nalgas divinas. Planeé el acercamiento: tirarle verbo, lanzarle una cheve, luego tirarle el sablazo y a ver si cae, pero cuando volvió se sentó con un vato con pinta de judicial y con otra morra medio tripona, y pues ni modo, me resigné a quedarme solo acodado en la barra.
Me decidí a echarle unas monedas a la rocola, dos canciones por cinco pesos, puse unas de Los Cadetes y me regresé a la barra a esperar mis música. Pasaron veinte minutos y la rocola no las cantaba, aparte la birria ya se me había terminado. Pedí otra chela para esperar a que salieran mis rolas. Paso media hora y Rosendo Cantú no se dignaba a cantar. Resolví quedarme un rato más y tomarme otras dos o tres cervezas, o cuatro, total no daba este abono y lo daba junto con el del otro mes, nomás dejaba lo del regalo y ya.
Advertí a la nalga divina dirigirse de nuevo al baño, pero esta vez acompañada de la otra morra. Cuando regresaron se sentaron a mi lado. Noté que el vato que estaba con ellas se había ido, o por lo menos ya no lo veía. Por un momento tuve miedo de acercarme, me imaginaba que el sujeto andaba por ahí y si me veía platicando con ellas la podía hacer de pedo, pero me valió madre y me lancé sobre ellas, claro, pensando en tirarme a la nalga divina.
-Quihuboles.
-Quihubole -contestó la gorda.
-Vienen seguido aquí.
-Más o menos ¿y tú? -de nuevo la gorda.
-A veces.
A la puta nalga divina parecía valerle madres mi presencia, o al menos eso pretendía demostrar, pero tenía la esperanza de poderle hablar y decirle que la amaba, que sin conocerla la esperaba, que me la quería coger.
-¿Y cómo se llaman?
-Yo soy Britni -contestó la gorda-, y ella es Madona, y tú.
-Juan.
Mientras platicábamos la gorda y yo se terminaron sus cheves y pidieron otras dos. La nalga divina dio unos tragos a su cerveza, dejó su silla y fue de nuevo al baño. Yo continúe platicando con la gorda y aproveché para preguntarle por qué era tan seria su amiga, se concretó a contestar que así era ella.
Después de unos minutos la nalga divina volvió, se acercó con la gorda y le cuchicheó algo a la oreja, esta última se levantó, volteó conmigo y se despidió. Pero por qué se van, rezongué yo, me contestó que se tenían que ir, que iban por dinero y luego regresaban. Si es por lana no se preocupen yo pongo las que siguen. Se voltearon a ver. Después de un instante de silencio rieron y se volvieron a sentar. Valiendo madre ya me había ensartado, pero ya que podía hacer, ya la había cagado, todo sea por que bailarla el muñeco, total no compraba el regalo y ya, a fin de cuentas mijo ya no estaba tan chiquito y ya era tiempo de que se fuera olvidando de los regalos de cumpleaños, a mi mis papás nunca me regalaron nada y yo jamás les reclamé.
Pedí otra ronda de cervezas y unos cacahuates y por fin se escucharon mis canciones en la rocola: “Es la historia de siempre, un amor que se fue”. También por fin la nalga divina se digno a dirigirme la palabra, pero fue solo para pedirme dinero, me dijo que le prestara cien pesos, que tenía que ir por un mandado y al regresar y me pagaba, mientras la esperáramos la gorda y yo. Acepté. Le dije que no se preocupara por el dinero, que aquí la esperábamos. Era la lana que le tenia que pagar a mi carnal, pero pues ni modo, ya le pagaría la próxima semana, total él tenía un buen trabajo y el dinero no le hacia falta. La gorda y yo seguimos platicando. Me confesó que era casada pero que ya no vivía con su esposo y estaba a punto de divorciarse por que ya la tenía hasta la madre, que ella trabajaba en una maquiladora y se podía mantener sola. Yo le dije que era soltero y me dedicaba organizar bailes, le aseguré que estaba por traer a Los Cadetes de Linares a La Fe Miusic Jol.
Pasaron dos horas y la nalga divina no volvía, el bar estaba a punto de cerrar y la gorda y yo ya estábamos muy ebrios. Fui al baño a tirar una firma, cuando regresé pagué la cuenta y me despedí de la gorda, le dije que nos veíamos en otra ocasión, que ya era muy tarde y me tenía que ir a mi casa, me dijo que no mamara, que era temprano todavía y que no la podía dejar sola, le respondí que no podía pero ella insistió, me propuso irnos a su casa a seguir la peda y esperar a su amiga. La última idea me agradó y acepté la invitación.
Salimos del bar y tomamos un taxi, vivía en Santa Rosa. En el trayecto a su casa compré tres seises. Llegamos a su casa, entramos y me dijo que me pusiera cómodo, yo abrí un bote y me tiré en un sillón, ella se metió a un cuarto y salió en calzones y con una blusa amarrada con un nudo entre la panza y las tetas, viéndola así y con unas cervezas encima ya no me parecía tan fellonga la marranita. Nos tomamos dos o tres cheves, nos fuimos a su cuarto y me la planché, luego le confesé que había tenido sexo mil veces pero jamás había hecho el amor.
En la mañana desperté boca arriba en su cama, olía a meados y la almohada era tan dura como un bulto de cemento. Miré el techo de manta, observé las figuras que habían formado en el las lluvias, parecían mapas amarillentos. Las paredes eran color azul cielo, en algunos pedazos el enjarre ya se había caído y se podía ver la tierra del adobe. Frente a la cama un ropero empolvado, sobre el, un bulto de San Judas Tadeo con una veladora encendida.
La gorda se encontraba totalmente desnuda, su cabeza descansaba sobre mi pecho húmedo, no se si de sudor o de saliva. Me levanté sigilosamente para no despertarla. Me vestí, salí de la casa y caminé hasta el centro de la ciudad.
Véngase, véngase, termo conalep, grita el mosca, ahora es domingo, el autobús viene completamente vacío y yo soy el que lo aborda. Esculco la bolsa de mi pantalón y solo encuentro el dinero de mi pasaje.