viernes, 22 de mayo de 2026

Narrativas

Hay una palabra de moda que hoy sirve para todo en la discusión política: narrativa.
Si alguien presenta hechos incómodos, ya no se discuten los hechos; simplemente se despachan diciendo que esa es su narrativa. Es un truco magnífico: permite opinar sin demostrar nada, sonar aparentemente profundo sin pensar demasiado y convertir la realidad en una competencia de cuentos.
El español dispone de un arsenal formidable de términos más precisos: versión, discurso, propaganda, relato, interpretación, argumento, mentira. Pero usarlos exige algo que escasea en la conversación pública: precisión y compromiso con la palabra.
Narrativa, en cambio, es la etiqueta ideal para estos tiempos. La coartada perfecta para la pereza mental, y sinceramente, ya me tiene hasta la narrativa madre.

The Warning, el rock que no suda

 Escuché a The Warning con ganas de que me gustaran y no pasó. Y no, no es desdén ni pose. La música no es un asunto de democracia: si no te gusta, no te gusta.

El talento lo tienen. Eso es indiscutible. Tocan bien, suenan bien, no se desmoronan en vivo ni en estudio. Y además, gente que sabe de música las respalda. Hasta ahí, todo correcto. Demasiado correcto, quizá.
El problema —al menos para mí— es otro. The Warning suenan a una banda que resolvió la técnica, pero no tuvo una confrontación con el alma. Es un grupo carente de melodía, con líneas más funcionales que memorables, diseñadas para sostener el tema, no para clavarse en la cabeza ni en el estómago. Las melodías están ahí, haciendo su trabajo, sin meterse en problemas. No hay una sola que te persiga, que te incomode, que te obligue a volver. Son melodías que pasan lista, no que se quedan a vivir. Y en el rock, eso pesa.
También hay una desconexión clara con esa raíz que, para muchos, sigue siendo el génesis del rock. Si pensamos en Black Sabbath, sentimos el pantano, que algo se está pudriendo y aun así quieres quedarte ahí: son densos, oscuros, con un pulso claramente heredado del blues, con ese arrastre, esa imperfección expresiva que hace que cada nota diga algo. En The Warning no encuentro eso por ningún lado. Todo está demasiado limpio, demasiado medido, demasiado controlado.
Y cuando todo está bajo control no hay peligro. Y eso es grave. Porque el rock sin riesgo es básicamente decoración. No hay esa grieta por donde se cuela algo humano, algo que falle, que raspe. Ahora pensemos en la música de Nirvana, cada canción parecía a punto de romperse, la imperfección no era un defecto, sino el centro de gravedad. Aquí todo está en su lugar y justo por eso, no pasa nada.
El resultado de The Warning es el de una banda de rock que suena correcta, pero fría.
Vamos a decirlo sin rodeos: podrían ser las Ha*Ash del rock. No como insulto fácil, sino como diagnóstico incómodo. Ahí es donde entra alguien como José Alfredo Jiménez: técnica limitada, sí, pero con el alma abierta en canal. Canciones que no piden permiso, que no buscan agradar, con ese riesgo de decir algo que no se puede desdecir. Eso es lo que no encuentro aquí.
Y no, no es que The Warning haga mala música. La hacen bien. Simplemente no juega en ese terreno que a mí me gusta jugar. No hay riesgo, no hay lodo, no hay olor a sudor. Y para algunos, sin eso, el rock deja de ser necesario.



Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

 Antes la noche tenía onda. No era silencio-silencio. Siempre había algo: un carro pasando lejos, perros noctámbulos ladrándole a la luna o a un bote de basura, música perdida quién sabe de dónde, toda deformada por el viento, como si la ciudad estuviera soñando despierta.

Y estaba chingón quedarse oyendo eso. Nomás oyendo. Sin hacer nada. Como suspendido.
Ahora ya no. Ahora hay un pinche sonido en mis oídos metido en medio de todo.
Ni siquiera es un ruido espectacular. No. Hubiera preferido algo más digno. Un órgano satánico, mínimo. Pero no: es un zumbidito miserable, eléctrico, terco, como de radio viejo mal sintonizado instalado adentro de la cabeza. Y ahí está. Día y noche. Como esos vecinos castrosos que arrastran muebles a las tres de la mañana.
Lo peor no es el ruido. Lo peor es que secuestra cosas. Porque antes escuchaba la noche y sentía espacio. Distancia. Aire. Ahora todo viene mezclado con esta chingadera. Los carros pasan, sí. Los perros siguen en su sindicato nocturno de ladridos al aire. El viento todavía trae canciones lejanas. Pero ya nunca vienen solos. Siempre vienen acompañados por este piiiiii interminable.
Y nadie más lo oye. El mundo sigue intacto para todos los demás. La gente habla contigo como si nada mientras tú traes un mosquito eléctrico atorado en el cerebro. Eso desespera.
A veces pienso que el verdadero lujo era el silencio y uno ni enterado. Igual que tantas cosas. Uno cree que la vida son los grandes momentos y resulta que no. Resulta que la felicidad quizá era estar acostado a las dos de la mañana escuchando motores lejanos sin un maldito zumbido atravesándote el cráneo.
Y sí, hay noches donde me entra el miedo idiota de que esto ya se quedó aquí para siempre. Aunque también hay otras donde el ruido baja tantito y alcanzo a escuchar todavía el mundo debajo. Como una estación de radio lejana que apenas logra colarse entre la interferencia. Y con eso basta para no volverse loco.

martes, 27 de agosto de 2024

 Esa noche cayeron sobre él como perros salvajes; mordiento, hiriendo, desgarrando. Él se apoyó contra la mesa pero era inútil, lo cercaban, lo aturdían, lo cegaban. Desesperado cogió la botella de mezcal para defenderse, con manos temblorosas la destapó y le dió un trago inmenso, luego se limpió la boca con el reverso de la mano y gritó envalentonado: ¡Ahora sí, malditos recuerdos. Ya no les temo!

Enrique González Heredia

martes, 14 de mayo de 2024

 La grandeza de la patria es la caverna donde se refugia la pequeñez de los mezquinos. El amor a la patria es el fulcro del odio a todos los demás.


Mauricio-José Schwarz

 "El culto de los héroes es pernicioso porque proclama el fanatismo como virtud, fomenta el odio y la intolerancia hacia el disidente, remite a impulsos inconscientes destructivos y ataca al pensamiento racional y crítico. Las pasiones colectivas, los delirios de unanimidad, la fusión tribal provocados por la adoración de los ídolos y la creencia en los mitos predispone a los regímenes autoritarios y anula en los individuos la conciencia de su libertad y la responsabilidad de forjar su propio destino."

—Juan José Sebreli, párrafo final de Comediantes y mártires. Ensayo contra los mitos (Buenos Aires: Debate, 2008).

viernes, 10 de mayo de 2024

Sedicentes jipis

Sedicentes jipis. El movimiento hippie murió en 1969 en San Francisco, los "jipis" que quedaron de entonces en adelante fueron llamados "freaks", eran mochileros, desclasados, apolíticos, pero a diferencia de los hippies carecían de una base ideológica. Actualmente, a pesar de las diferentes tribus urbanas existentes solamente algunas cuentan con un fundamento vertebral, los rastafaris, los darketos y dos o tres más, pero lo que más abunda son los "posers". Debieran ser una tribu urbana, tal vez -paradojicamente- la más auténtica."


Enrique González