Antes la noche tenía onda. No era silencio-silencio. Siempre había algo: un carro pasando lejos, perros noctámbulos ladrándole a la luna o a un bote de basura, música perdida quién sabe de dónde, toda deformada por el viento, como si la ciudad estuviera soñando despierta.
Y estaba chingón quedarse oyendo eso. Nomás oyendo. Sin hacer nada. Como suspendido.
Ahora ya no. Ahora hay un pinche sonido en mis oídos metido en medio de todo.
Ni siquiera es un ruido espectacular. No. Hubiera preferido algo más digno. Un órgano satánico, mínimo. Pero no: es un zumbidito miserable, eléctrico, terco, como de radio viejo mal sintonizado instalado adentro de la cabeza. Y ahí está. Día y noche. Como esos vecinos castrosos que arrastran muebles a las tres de la mañana.
Lo peor no es el ruido. Lo peor es que secuestra cosas. Porque antes escuchaba la noche y sentía espacio. Distancia. Aire. Ahora todo viene mezclado con esta chingadera. Los carros pasan, sí. Los perros siguen en su sindicato nocturno de ladridos al aire. El viento todavía trae canciones lejanas. Pero ya nunca vienen solos. Siempre vienen acompañados por este piiiiii interminable.
Y nadie más lo oye. El mundo sigue intacto para todos los demás. La gente habla contigo como si nada mientras tú traes un mosquito eléctrico atorado en el cerebro. Eso desespera.
A veces pienso que el verdadero lujo era el silencio y uno ni enterado. Igual que tantas cosas. Uno cree que la vida son los grandes momentos y resulta que no. Resulta que la felicidad quizá era estar acostado a las dos de la mañana escuchando motores lejanos sin un maldito zumbido atravesándote el cráneo.
Y sí, hay noches donde me entra el miedo idiota de que esto ya se quedó aquí para siempre. Aunque también hay otras donde el ruido baja tantito y alcanzo a escuchar todavía el mundo debajo. Como una estación de radio lejana que apenas logra colarse entre la interferencia. Y con eso basta para no volverse loco.
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