Hay una palabra de moda que hoy sirve para todo en la discusión política: narrativa.
Si alguien presenta hechos incómodos, ya no se discuten los hechos; simplemente se despachan diciendo que esa es su narrativa. Es un truco magnífico: permite opinar sin demostrar nada, sonar aparentemente profundo sin pensar demasiado y convertir la realidad en una competencia de cuentos.
El español dispone de un arsenal formidable de términos más precisos: versión, discurso, propaganda, relato, interpretación, argumento, mentira. Pero usarlos exige algo que escasea en la conversación pública: precisión y compromiso con la palabra.
Narrativa, en cambio, es la etiqueta ideal para estos tiempos. La coartada perfecta para la pereza mental, y sinceramente, ya me tiene hasta la narrativa madre.
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