Esa noche cayeron sobre él como perros salvajes; mordiento, hiriendo, desgarrando. Él se apoyó contra la mesa pero era inútil, lo cercaban, lo aturdían, lo cegaban. Desesperado cogió la botella de mezcal para defenderse, con manos temblorosas la destapó y le dió un trago inmenso, luego se limpió la boca con el reverso de la mano y gritó envalentonado: ¡Ahora sí, malditos recuerdos. Ya no les temo!
Enrique González Heredia