Pablo
Espinosa
Ahí va Charlot, decían a su paso por las calles de París.
Y él, sin escuchar
esas voces entre el reconocimiento y la burla, simplemente sonreía.
Y seguía su paso.
Amaba caminar y
sonreír.
Tenía una sonrisa
luminosa.
Y un andar entre
cómico y solemne. Como siguiendo un modelo aprendido, en un equilibrio salido
de sus dos figuras paternas: extravagante era su tío, como convencional su
padre.
Aunque al caminar
lo confundían con Charles Chaplin.
Comenzaba el siglo XX.
Siempre que
caminaba recordaba su infancia: el rumor de las olas en Normandía, la playa de
Honfleur, donde nació en 1866, y el cambio radical en su existencia: tenía doce
años cuando encontraron ahogada a su abuela en esa playa.
Misterio. Ningún
rastro de violencia, inclusive a él le pareció ver una sonrisa en el rostro de
la abuela.
Su madre había
muerto cuando tenía cuatro años y recién se instalaba la familia en París. El
retorno a su Honfleur natal terminó esa mañana cuando encontraron a su abuela ahogada.
Y regresaron a Ciudad Luz.
Una docena de años
después entró a la historia luego de escribir sus Gimnopedias, tres piezas breves de insondable misterio, particular
encanto y un ascetismo que desmadeja.
¿Puede una música
sencilla expresar a cabalidad la soledad?
He ahí la música de
Erik Satie.
Vaya concepto: la
soledad.
En la cultura
occidental los conceptos
suelen
ser pobres en el imaginario popular y en los actos de las personas.
La simple palabra
soledad produce miedo. Soledad entre multitudes.
Saint-John Perse:
Esos rostros entre la multitud / hojas de una húmeda, oscura rama.
Cuando se habla de
Erik Satie suele decirse que era un hombre extravagante, solitario, pobre. Que
murió sin amigos, solo como un perro.
Cierto, fue pobre.
Pero la suya era una soledad de soledades.
Quienes estuvieron
con él, junto a la cama del hospital parisino donde falleció en 1925, es decir,
sus amigos, derriban por tierra la leyenda: fue un guerrero todo el tiempo,
hasta el último momento. No dejó de sonreír.
Lento y suave,
lento y triste, lento y doloroso
Las Gimnopedias enamoran. Propician romances
verdaderos. Son lo contrario de la soledad. O, mejor: expresan la virtud de
quien desarrolla la capacidad de estar consigo mismo. De amarse, y por ende
amar a los demás.
Esa magia que
tienen las Gimnopedias llevó a su
amigo Claude Debussy (¿quién dice que Satie no tenía amigos?) a orquestar dos de
ellas, a Jean Cocteau a recomendarlo entre los compositores que gobernaban la
vida musical del París de principios del siglo XX (Stravinsky, quien
respetaba y admiraba a Satie; Ravel, quien aprendió hu mildemente del maestro
Erik; y los jóvenes Poulenc, Milhaud, et al.), y llevó a Picasso a colaborar en
montajes de música y escena, a Francis Picabia a hacer lo propio, al igual que
a René Chair, Tristan Tzara…
Tantos amigos de un
hombre solitario.
¿Cómo puede un
hombre tan solo reír tanto?
Aquí lo tenemos, al
final de una de
sus
alegres caminatas solitarias por las calles de París,en su humilde cuarto en
los suburbios, que era al mismo tiempo recámara, sala, comedor. Y el cuarto
entero: su estudio.
Escribe una música
desnuda. Y la viste con enorme contenido. Y claro, no hay que creérsela tanto,
no hay que ser vanidoso. Humildad, señores, riamos a placer:
Y entonces el
maestro Erik Satie empieza con sus bromas, chascarrillos, ocurrencias,
genialidades que quedaron plasmadas para siempre en sus partituras:
Las convencionales
indicaciones en italiano: allegro con
spirito, andante con fuoco, allegro molto, etcétera, Satie las convierte en
auténticas delicias:
“Toque con la mano
izquierda estas notas, con la derecha las siguientes, y las que restan… ¡con la
nariz!”.
Más instrucciones:
“Abra la cabeza”.
“Sin orgullo”.
“Recorrer las
teclas con dedos amables
y
sonrientes”
“Conservar la
cabeza fría”.
“Ármese de
clarividencia”.
“Toque estas notas
con el último rincón
de su
pensamiento”.
Surge una duda
metafísica:
¿El humor en Satie
era refugio o subterfugio?
Era un camino
interior.
Como en la mayoría
de los compositores, pueden distinguirse periodos estilísticos diversos en la
historia creativa de Satie. Sus piezas humorísticas más evidentes datan del
periodo comprendido entre 1912 y 1915.
Pero no era un humor limitado a las
parodias de las indicaciones canónicas, o a los títulos, que oscilan de la
algarabía al nonsense. No, es una de
las músicas más deliciosas que uno puede escuchar cualquier cantidad de veces y
aunque uno sabe lo que va a suceder enseguida, no puede contener la carcajada.
Por
ejemplo en las tres piezas tituladas Embriones
disecados, forma un triángulo
escaleno entre la tríada y en la primera y la última pieza se divierte a placer
manipulando otro de los conceptos canónicos: la coda final, la apostilla, el
remate, las notas finales que tanto furor causan entre el público que irrumpe en
bravos, hurras, aplausos porque el final a tambor batiente los enardece.
Pero Satie,
travieso, en lugar de poner una rúbrica y terminar la obra, escribe una
terminación, hace una pausa y escribe una segunda, pausa, un nuevo compás que
finaliza, pero no termina: va otro final falso y otro y otro. Carcajadas.
En los otros
periodos estilísticos de Satie este humor no cesa, aunque deja paso a otras
situaciones en primer plano. Es el ca so de su periodo místico, que le ganó un
nuevo mote: EsotErik Satie.
Un amigo de Satie,
Joséphin Péladan, lo recibe en la Orden de los Rosacruces, lo que trae nuevas
invenciones estilísticas a la obra de Satie, quien compone varias obras maestras,
entre ellas la monumental música para piano solo titulada Le fils des étoiles, a partir de un texto de Péladan y en esa
música, tan bella como austera, tan terrenal como cósmica, Erik Satie se
confirma: es un Hijo de las Estrellas.
Erik excéntrico:
funda su propia Iglesia, de la cual es el líder y el único miembro:
La Iglesia Metropolitana de Jesús el
Conductor. Abandonará pronto esta cuasiocurrencia, pero total entrega.
Su indagación
interior, ese caminar por las calles de París, sonriendo, era en realidad una
caminata de soliloquio, diálogo interior, Leopold Bloom convierte Dublín en
Ciudad Luz, una ruta interna, un crecer espiritualmente.
De pronto nadie
sabía si era broma o serio. Lo que es cierto es que su prodigiosa Misa de los pobres pide en la partitura
al pianista en turno: “esta obra debe interpretarse con gran desprendimiento
hacia el presente”.
¿Refugio,
subterfugio?
Sonriamos.
Como sonreía Satie
cada vez que realizaba un nuevo descubrimiento, una nueva invención, una
ocurrente travesura.
Como cuando
escribió su gloriosa Musique
d’ameublement (Música de amueblamiento, o bien: Música para amueblar) con una aspiración seria: que la música suene
sin que el escucha adopte alguna de las posturas, físicas o simbólicas,
convencionales, es decir que el público deambule por la sala, sin sentarse en
una butaca frente a los músicos. Que la música sea parte de la estancia, como
los muebles, o el decorado.
Un invento
portentoso que, con los años, la historia habría de darle la razón: Silvestre Revueltas
en México escribió una “Música para charlar” con una intención similar. Luego
se inventó la pavorosa música Muzak, para que sonara en los elevadores o en los
aviones y en las tiendas departamentales, ésa sí con un propósito: dizque
apaciguar al escucha y en su caso inclinarlo al consumo.
Años más tarde otro
músico genial, también ligado como Satie a las artes escénicas y a la pintura,
el británico Brian Eno, habría de inventar lo que hoy se conoce como “música
ambiente”, condensada en su obra maestra: Music
for airports. Con su consabida carga de ironía, a lo Satie, pero con un
sentido estético y biológico brutal, como la música de Satie.
Gustaba de hacer
repetir y repetir y repetir el mismo compás, alargar la melodía, con pocas,
cada vez menos notas, un anuncio del minimalismo que vendrá, pero en su caso
con un sentido armónico denso, tan complejo como brutalmente sencillo.
También de la era
EsotErik Satie se desprende otra de las claves de la obra completa de este
músico: el uso del número 3.
Porque escribió Tres gimnopedias, dos veces 3 es decir Seis gnosedias, Tres pedazos en forma de
pera, Tres sarabandas. Y así.
Muchos relacionan
este hecho con la numerología. El número 3 es clave entre los rosacruces. Tiene
una carga, un contenido, significado y acción poderosos.
Pero hay una razón
estrictamente musical en el uso del número tres y su complemento, el 6: en ese número
se basa el poderoso sistema armónico de la música entera de Satie, un
dispositivo tan complejo como sencillo, una suerte de explicación de la magia, sin
el truco.
Porque no hay truco
en las Gimnopedias. Su efecto sobre
el escucha es descomunal.
Y todo es hecho y
dicho de la manera más sencilla, ascética, humilde. En soledad.
Tan pegado a la
tierra y tan elevado en su alma. Erik Satie se divirtió mucho poniendo títulos extraños,
provocadores, hilarantes, a sus obras, tan breves como monumentales:
Piezas
en forma de pera. Apreciaciones desagradables. Verdaderos preludios blandos (para
un perro). Aires para salir corriendo. Danzas defectuosas. Piezas frías. Coral inapetente.
Danzas raquíticas. Piezas montadas. Penúltimos pensamientos.
Uno escucha y ríe.
Sonríe. Camina por las calles de París y sonríe. Mientras la música suena.
Es como escuchar la
Novena sinfonía de Shostakovich y
reír a carcajadas mientras los demás, en sus butacas, ponen cara mustia. O
disfrutar las travesuras, las carcajadas sónicas de las obras para piano de
Mozart. El niño Mozart.
El niño Satie: el
título de su obra inicial e iniciática, Gimnopedias,
refiere en su misteriosa etimología a la infancia por igual que a la antigüedad
griega. Hay quienes encuentran significados profundos, mitológicos, intelectuales.
Para nada, hay que simplemente escuchar y sonreír. Enamorarse con las Gimnopedias es para siempre.
Labor de orfebre,
fabricar sonrisas. Satie escribe para el piano y lo que activa son los músculos
faciales y los del alma. Hace son reír al alma.
Humilde, irónico,
humorista, le gustaba definirse así cuando le preguntaban de qué vivía, a qué se
dedicaba, cuál era su profesión: “gimnopedista”, respondía. Y luego afinó: “soy
un humilde filófono”.
Satie, el amante de
los sonidos, el hijo de las estrellas.
Cada vez escribía
menos notas y cada vez despertaba más sonrisas. El ascetismo de su escritura
equivalía al barroco más manierista, al filósofo más hondo, al pensador más elevado.
El arte de la
brevedad. La obra puede durar cuarenta segundos y en ellos ya construyó la eternidad.
Así es la música de un solitario. Un transgresor.
En sus últimos años
de vida, se dedicó a enseñar la música a los jóvenes. Y a los niños. Entre sus muchas
ocupaciones excéntricas, publicaba artículos de humor raro en revistas, anuncios
en periódicos donde ponía en venta edificios imaginarios, que dibujaba y guardaba
en una lata de conservas en su cocina. De ahí surgieron las Memorias de un amnésico y Los cuadernos de un mamífero.
Escribió, por
ejemplo, respecto de sus enseñanzas a los niños: “Los ejercicios se hacen en la
mañana, después del desayuno. Hay que estar muy limpio, haberse sonado bien. No
ponerse a trabajar con los dedos llenos de mermelada”.
Para Erik Satie los
niños son seres de quienes los adultos se ríen.
Cuando caminaba por
las calles de París y sonreía, de vez en vez le venía a la mente la imagen, a
sus doce años, de su abuela ahogada, en la playa, y sonreía cuando veía la sonrisa
de ella, bajo el cobijo tierno del graznar de las aves marinas.
Todos lo recuerdan
en el espejo de una sonrisa. Pantalones anchos, siempre de traje oscuro, quevedos,
bastón, sombrero de bombín y aunque tenía barba, siempre cortada como pino viendo
al suelo, decían los circunstantes al verlo pasar:
Ahí va Charlot.
Una música
suavemente mecida por el
viento.
Dicen muchos
musicólogos que Erik
Satie
no tenía amigos, dicen que era un solitario pero ignoran el valor de estar con uno
mismo y sonreír.
Sus amigos al pie
de su lecho de muerte aportan esta imagen para la historia:
Nunca, aun en los
peores momentos de la enfermedad, nunca dejó de sonreír. Cuando expiró, dejó en
su rostro un mensaje final: una sonrisa.
Escuchemos la
música de Erik Satie.
Inundados de
sonrisas.
*Tomado
de la revista Revista de la Universidad, Número 87, mayo de 2011

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